Formas de Volver a Casa [Ways of Going Home] presenta la generación de sus padres o como víctimas o como cómplices del régimen de Pinochet; era difícil mantenerse neutral. ¿Es esencial para proseguir y dejar aquellos tiempos oscuros el intento de establecer exactamente lo qué ocurrió?

Es esencial, es necesario e inevitable. La sociedad chilena así lo ha entendido. Quienes éramos niños entonces podríamos refugiarnos en la idea de que no estábamos ahí, de que no sabíamos nada, y en parte era así, pero había ciertas cosas, ciertos movimientos, ciertas ideas que entendíamos, que intuíamos. Me parecía importante intentar recuperar ese mundo que vivimos a medias. No sabíamos si nuestros padres eran así porque así eran los adultos o porque tenían miedo.

Su generación vive con el espectro del pasado. Sin embargo, como escribe en la novela, ellos eran solamente personajes secundarios “La novela es la novela de los padres, pensé entonces, pienso ahora. Crecimos creyendo eso, que la novela era de los padres. Maldiciéndolos, y también refugiándonos, aliviados, en esa penumbra. Mientras los adultos mataban o eran muertos, nosotros hacíamos dibujos en un rincón.” Eso tiene que ser una carga pesada en la vida. ¿Así lo ve?

Lo veo como una carga de la que es imposible deshacerse. Hay que aprender a vivir con eso. Porque además no se trata solamente de historias personales. Se trata de un nosotros que empieza a construirse tardíamente, con una especie de timidez colectiva, pero también con fuerza y constancia. Nuestra adolescencia coincidió con el supuesto regreso de la democracia, pero un error grande de esos años, a comienzos de los 90, era justamente creer que eso era una democracia, cuando en el fondo todavía gobernaba Pinochet. No sabíamos cómo era una democracia, habíamos nacido en dictadura y por eso aceptábamos, como si fuera un gran premio, esa libertad vigilada, ese remedo de libertad. La democracia empezó verdaderamente a regresar cuando tomaron preso a Pinochet en Londres, en 1998.

“Llegamos al Estadio Nacional. El mayor centro de detención en 1973 siempre fue, para mí, nada más que una cancha de fútbol.” Sus personajes recuerdan el pasado en una forma distinta. ¿Cree que el intento de establecer la verdadera versión del pasado tiene alguna posibilidad de éxito?

No creo que sea un proceso terminado ni que pueda terminar. Supongo que, de distintas maneras, la sociedad chilena entera ha estado buscando esas verdades, y compartiéndolas. Yo pienso que muchos recuerdos felices se volvieron amargos después, por la mediación de otros recuerdos. El niño que iba al Estadio Nacional y tomaba helados y veía partidos de fútbol luego se entera de las cosas que ahí sucedieron y entonces su recuerdo feliz se ensombrece. La felicidad individual se vuelve absurda, vacía, ante la injusticia y la violencia de la dictadura. Pienso que entender el pasado, para quienes no fueron víctimas, de algún modo consiste en estar cada vez más cerca de las víctimas.

“En lugar de gritar, escribo libros.” Empieza la novela con aquella citación de Romain Gary. ¿Ve así el papel del escritor en el Chile actual?

No necesariamente. O sea, sirve para mí, pero no lo proyectaría al rol del escritor en Chile. Me identifico con esa frase, sobre todo porque estuve mucho tiempo pensando en la infancia, en la dictadura, y a veces lo que pensaba y lo que sentía no tenía forma, me parecía incomunicable, era como un grito, como una queja incontenible, una amargura absoluta. Hasta que fue apareciendo una manera de hablar sobre ese tiempo. Creo que escribir un libro es estar dispuesto a mirar hondamente, largamente, en un vidrio que a veces es ventana y otras veces espejo. Cuando encontré esa frase maravillosa de Romain Gary sentí que la suscribía plenamente. Es una especie de lema para mí.

¿Cree que los chilenos de hoy necesitan confrontar el pasado y admitir su papel en el pasado? ¿Cómo se puede hacer esto?

Claro que sí. Interrogando lo que sucede hoy, simplemente. El pasado no ha pasado: buena parte de los problemas actuales de Chile tienen su origen en la dictadura y todavía nos rige la constitución de 1980, que redactaron los militares. Nunca dejas de mirar al pasado, porque el presente necesita de esa mirada para entender lo que está sucediendo.

En una entrevista aquí con PEN Atlas, Juan Gabriel Vásquez dijo que recordar es un acto moral. ¿Está Ud. de acuerdo con él?

Claro que sí. Recordar con precisión, con la mayor precisión posible. Recordar e indagar. Saber no solamente quiénes los nombres de las personas que salen en la foto, sino el de la persona que tomó la foto, y cuándo y por qué. Intentar saberlo es necesario.

El narrador siente vergüenza del hecho de que no perdió a nadie durante la dictadura y de que su familia o apoyaba el régimen o se mantenían indiferente. ¿Diría que la sociedad actual se divide por esas líneas?

Es un sentimiento ambiguo: lo que el narrador desea es entender el dolor, y sabe que nunca lo entenderá suficientemente porque no lo sufrió. Y Claudia también es consciente de que, aunque ha sido víctima, otros sufrieron más que ella. Yo pienso que la sociedad chilena actual está dividida más bien entre quienes quieren dar vuelta la página y olvidarlo todo y quienes desean recordar y siguen buscando imágenes para expresar el pasado y de ese modo el presente.

Su narrador también escribe poesía. ¿Cree que la poesía puede aproximarse más a la reflexión de imágenes del pasado que la prosa?

Realmente no lo sé. Cuando pienso en ese tiempo pienso sobre todo en imágenes desnudas, o sin elaboración literaria. En fotografías, en documentales. Además de los documentales de Patricio Guzmán, me gustaría mencionar otros documentales que me parecen importantísimos como “La ciudad de los fotógrafos”, de Sebastián Moreno, “Actores secundarios”, de Jorge Leiva y Pachi Bustos, “El edificio de los chilenos”, de Macarena Aguiló, entre otros.

De cierta manera el narrador maneja el material con mucho cuidado – casi con precaución. ¿Eso se basa en su opinión de que la recolección del pasado es un proceso frágil?

Sí. A mí me gusta la imagen del convaleciente, como decía Baudelaire, el que está volviendo de una enfermedad, en cierto modo volviendo de la muerte. Chile entero convalece, despierta, recupera los sentidos. Y el narrador trata de reflejar eso.

La última parte del libro se titula “Estamos bien.” En conclusión, ¿describiría así su generación?

No. Quizás algunos piensan eso, la minoría. Los demás hemos vivido en una crisis permanente que quizás ahora nos fortalece. Ahora que ya no somos hijos o no solamente hijos, sino sobre todo padres. Lo que nos fortalece es justamente la conciencia de esa crisis, de esa precariedad.